martes, 19 de noviembre de 2013

El tratamiento divino para los trastornos de ansiedad

Dr. Mario R. Pereyra

¿Qué es la ansiedad?
“¡¡Es horrible!! Siento que algo me oprime, que me falta el aire... Es un dolor terrible, desesperante... ¡¡Qué espantoso!!”, así intentaba describir María Elena (45 años, casada, 2 hijos adolescentes) su ataque de angustia. “Tengo la sensación de que un hombre enorme me va a atacar con un cuchillo filoso en cualquier momento”, confesaba Ester (27), tiesa, aterrorizada, mirando con los ojos desorbitados, presa de una intensa excitación motriz. Continuamente escuchamos los gritos acallados y sordos de la angustia en expresiones tales como: “¿Qué hacer? ¿Qué creer?” “He estropeado mi vida. Jamás obtengo éxito en nada”. “Me siento incapaz, inútil, impotente. Me rebelo y después me desaliento”. A veces dominan los sentimientos de inferioridad o incapacidad, la mala suerte o la fatalidad, la debilidad o la indefensión, el pesimismo o la desesperanza. Comúnmente estas ideas vienen acompañadas de sentimientos paralizadores, inquietud, perplejidad, desaliento, miedo al pasado —lamentaciones, remordimientos y culpas—, al presente —dudas e indecisión— y al futuro —incertidumbre, aprensiones y  presagios fatalistas—.
Pero, ¿qué es realmente la ansiedad? El término proviene del latín “anxietas”, que significa, congoja o aflicción. Se trata de un estado de malestar psicofísico caracterizado por una sensación de inquietud, intranquilidad, inseguridad o desasosiego ante la vivencia de una amenaza inminente de causa indefinida. Preocuparse, sentirse nervioso o ansioso forma parte de la vida diaria. Todos nos sentimos ansiosos de vez en cuando, sin embargo, cuando la ansiedad se vuelve abrumadora e interfiere con nuestro desempeño diario, deja de ser normal y se convierte en un trastorno de ansiedad, caracterizándose por los siguientes síntomas físicos, psíquicos y de comportamiento.
Síntomas Físicos
Síntomas Psíquicos
Síntomas Conductuales
  • Temblores o sacudidas.
  • Tensión o dolores musculares.
  • Fatiga.
  • Insomnio.
  • Dificultad para respirar.
  • Taquicardia.
  • Manos frías y sudorosas.
  • Dificultades sexuales.
  •   Cefaleas.
  • Molestias estomacales.
  • Frecuente micción.
  • Sensación de peligro.
  • Preocupación excesiva por todo.
  • Sensación de que "algo malo va a ocurrir".
  • Dificultad para concentrarse.
  • Respuesta excesiva a los estímulos inesperados.
  • Se asusta con facilidadad.
  • Irritabilidad o agitación.
  • Indecisión.
  • Torpeza mental.
  • Inquietud o hiperactividad.
  • Piernas endurecidos o excesivamente blandas.
  • Movimientos torpes.
  • Tics y tartamudeos.
  • Movimientos repetitivos sin sentido.
  • Comportamientos de evitación de la situación temida.
  • Conductas compulsivas (juego, compras, sexo, etc.)

En una situación específica de peligro, la ansiedad puede causar todos los síntomas indicados en el cuadro, pero usualmente éstos son transitorios, y desaparecen en corto tiempo. Lo grave está dado por tres características, a saber: la intensidad, la duración y la extensión. Lo más grave es cuando los síntomas son muy intensos, se mantienen en el tiempo y comprometen seriamente el normal desempeño de la persona. En el caso de los niños y los adolescentes, pueden presentarse algunas manifestaciones de ansiedad sin un motivo definido; en esas situaciones, es necesario investigar las causas consultando al especialista.
¿Cuáles son los diferentes tipos de ansiedad?
Los síntomas mencionados más arriba pueden aparecer en diferentes cuadros de ansiedad. ¿Cuáles son? Según el Manual de diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, de la Asociación Psiquiátrica Americana, el DSM-IV, los trastornos de la ansiedad son diversos, los más importantes son las crisis de angustia o ataque de pánico, los miedos o fobias específicas, la ansiedad social o fobia social o timidez y los trastornos de ansiedad generalizada. Hay también otros tipos como el trastorno obsesivo-compulsivo, el trastorno por estrés postraumático, el trastorno por estrés agudo, el trastorno de ansiedad debido a enfermedad médica, trastorno de ansiedad inducido por sustancias y trastorno de ansiedad no especificado. Por razones de espacio sólo presentaremos las características de los primeros citados. Para favorecer su identificación y comprensión presentaremos un caso típico, sintetizando los criterios para el diagnóstico de cada uno de los cuadros, de acuerdo a los desarrollos que hemos hecho en nuestro libro “Decida ser feliz” (Gema, 2008).
  • Ataque de pánico

En el lobby de un cine de Chapultepec, Rebeca temblaba y no podía parar de llorar. Su amiga Julia la abrazaba sin saber qué más hacer porque Rebeca no podía explicar qué le pasaba. Diez minutos antes la había sorprendido una taquicardia muy fuerte.
— ¡Sácame del cine que me muero! —le había dicho a su amiga.
La nuca y las manos le habían empezado a transpirar profusamente. Se ahogaba y el corazón galopaba frenéticamente en el pecho. Trató de relajarse y respirar hondo. Tenía mucho miedo. Se sentía como una niña de 2 años llorando desconsoladamente sin entender. Dos días después, su psicóloga le ponía nombre a lo que le había pasado: ataque de pánico.

La Crisis de Angustia o Ataque de Pánico
  • Se caracteriza por la aparición súbita de un miedo o de un malestar intenso, que alcanza su máximo nivel en los primeros diez minutos. Se acompaña de cuatro o más de los siguientes síntomas:
  • palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la frecuencia cardíaca.
  • sudoración.
  • temblores o sacudidas.
  • sensación de ahogo o falta de aire.
  • sensación de atragantamiento.
  • opresión o malestar torácico.
  • náuseas o molestias abdominales.
  • inestabilidad, mareo o desmayo.
  • desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (estar alejado de uno mismo).
  • miedo a perder el control o a volverse loco.
  • miedo a morir.
  • Sensación de entumecimiento u hormigueo en las manos o pies (parestesias).
  • escalofríos o sofocaciones.
  •  

  • Fobias específicas
“Cada vez que subía a un avión lo hacía con mucho miedo, sentía que el avión se iba a caer y que me iba a morir —confiesa Laura, de 45 años—. No paraba de rezar durante todo el viaje, aunque no soy religiosa. La verdad es que no sé bien a quién le rezaba, pero no podía dejar de hacerlo. Siempre la pasé mal al volar, pero con el tiempo mi miedo se transformó en pánico, por lo que estuve tres años sin viajar en avión. Entonces, decidí comenzar un tratamiento. Pese a mi reticencia, acepté tomar una medicación cotidiana para disminuir mi nivel de ansiedad, ya que me explicaron que mi miedo a volar era parte de un problema más profundo. Bajo tratamiento realicé varios vuelos, y disfruté por primera vez en mi vida”.
Laura sufría fobia a volar, también existen otros tipos de fobias, como la zoofobia (temor a los animales), la claustrofobia (temor al encierro), la agorafobia (miedo a los espacios abiertos) y la hidrofobia (miedo al agua). Es posible desarrollar fobias a las multitudes, la oscuridad, los insectos, la sangre, las heridas y muchas cosas más.

Fobias o miedos específicos
  • Temor excesivo y persistente, desencadenado por la presencia o la anticipación de un objeto o situación específicos (p. ej., volar, precipicios, animales, inyecciones, sangre).
  • La exposición al estímulo temeroso provoca, por lo general, una respuesta inmediata de ansiedad o crisis de angustia. En los niños la ansiedad puede expresarse en lloros, berrinches, inhibición o abrazos.
  • La persona reconoce que este miedo es excesivo o irracional. En los niños puede faltar el reconocimiento.
  • La situación fóbica se evita o se soporta a costa de mucha ansiedad o malestar.
  • Los comportamientos de evitación, la anticipación ansiosa, o el malestar provocado por la situación temida interfieren con la rutina normal de la persona (trabajo, estudio o relaciones).
  • En los menores de 18 años la duración de estos síntomas debe ser de 6 meses como mínimo.

  • Ansiedad social o timidez
Inés, de 30 años, soltera, llegó a nuestro consultorio sufriendo intensos temores que, por momentos, la paralizaban totalmente. Describió su estado, diciendo: “Hace meses que no puedo realizar ninguna actividad, ya que me asusta mucho hablar con la gente. Cuando estoy en una reunión me pongo demasiado nerviosa, empiezo a transpirar, me tiembla todo el cuerpo, las piernas se me aflojan, el corazón me palpita, tengo miedo a quedar en ridículo y aparecer como una tonta… Cuando tengo que hablar en público, digo mucho menos de lo que tenía pensado. Siempre estoy atenta a cómo me miran. Yo sé que aunque no me lo digan, están criticándome... Le confieso Doctor, la única forma de poder enfrentar a alguien, cuando ya no tengo más excusas, es tomar alguna copita de whisky o tequila, para darme seguridad… ¿Será que hay cura para esto?”
Ansiedad social o timidez
  • Temor agudo y persistente a situaciones sociales o actuaciones en público, en las que el sujeto se ve expuesto ante personas que no son familiares. Teme actuar de un modo humillante o embarazoso.
  • La exposición a las situaciones sociales temidas provoca, por lo general, una respuesta de ansiedad, o de crisis de angustia.
  • La persona reconoce que este temor es excesivo o irracional.
  • Las situaciones sociales o actuaciones en público temidas se evitan o bien se experimentan con ansiedad o malestar intensos.
  • Los comportamientos de evitación, la anticipación ansiosa, o el malestar interfieren con las actividades normales (trabajo, estudio, relaciones sociales).
  • En los menores de 18 años, la duración del cuadro debe extenderse como mínimo 6 meses.


  • Ansiedad generalizada
“Después que me divorcié, hace más de un año, nunca más fui el mismo” —dice David, 36 años—. Vivo preocupándome por todo, la mayor parte del tiempo. Tengo un estado de tensión en todo el cuerpo, como una electricidad que no me abandona. No puedo quedarme quieto, tengo que estar haciendo algo; me siento un rato en la computadora para hacer algún trabajo, y a los cinco minutos tengo que levantarme porque no aguanto más... Luisa, mi mujer actual, me dice que estoy irritable y muy cambiante (de ánimo)… No puedo dormir, me levanto cansado. Me persiguen los dolores de cabeza… ¡Son terribles! (apretando la sien y cerrando los ojos)… Doctor, necesito que me dé algo para calmarme, por favor. No aguanto más”.  
Ansiedad generalizada
  • Ansiedad y preocupación excesivas (expectación aprensiva) por una amplia gama de acontecimientos o actividades (como el rendimiento laboral o escolar) que se prolongan más de 6 meses.
  • Al individuo le resulta difícil controlar este estado de constante preocupación.
  • La ansiedad y preocupación se asocian a tres (o más) de los seis síntomas siguientes (algunos de los cuales han persistido más de 6 meses):
  1. inquietud o impaciencia.
  2. susceptibilidad a la fatiga. 
  3. dificultad para concentrarse o tener la mente en blanco.
  4. irritabilidad.
  5. tensión muscular.
  6. alteraciones del sueño (dificultad para conciliar o mantener el sueño, o sensación al despertarse de sueño no reparador).
  • La ansiedad, la preocupación o los síntomas físicos provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.
  • Estas alteraciones no se deben a otras enfermedades o trastornos.

El tratamiento divino para la ansiedad
 “Por lo tanto, yo les digo: No se preocupen por lo que han de comer o beber para vivir, ni por la ropa que han de ponerse. ¿No vale la vida más que la comida y el cuerpo más que la ropa? Miren las aves que vuelan por el aire: ni siembran ni cosechan ni guardan la cosecha en graneros; sin embargo, el Padre de ustedes que está en el cielo les da de comer. ¡Y ustedes valen más que las aves! En todo caso, por mucho que uno se preocupe, ¿cómo podrá prolongar su vida ni siquiera una hora?¿Y por qué se preocupan ustedes por la ropa? Fíjense cómo crecen las flores del campo: no trabajan ni hilan. Sin embargo, les digo que ni siquiera el rey Salomón, con todo su lujo se vestí como una de ellas. Pues si Dios viste así la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, ¡con mayor razón los vestirá a ustedes, gente falta de fe! Así que no se preocupen, preguntándose: ‘¿Qué vamos a comer?’ o ‘¿Qué vamos a beber?’o ‘¿Con qué vamos a vestirnos?’ Todas estas cosas son las que preocupan a los paganos, pero ustedes tienen un Padre celestial que ya sabe que las necesitan. Por lo tanto, pongan toda su atención en el reino de Dios y en hacer lo que Dios exige, y recibirán también todas estas cosas. No se preocupen por el día de mañana, porque mañana habrá tiempo para preocuparse. Cada día tiene bastente con sus propios problemas.
Mateo 6:25-34
Hay tratamientos específicos para cada uno de los trastornos de la ansiedad que expusimos más arriba, según puede verse en “Decida ser feliz”, aquí tratamos de la “provisión divina para la ansiedad”. En el texto de Mateo 6:25-34, Jesucristo detalló un tratamiento destinado a combatir la ansiedad, considerando las preocupaciones más comunes de la gente, que condensó en una suerte de receta práctica. La terapia antiestrés del evangelio puede sintetizarse en cinco prescripciones básicas. Podríamos decir que es la receta que nos extiende el Señor Jesucristo para ayudarnos a controlar nuestra ansiedad. Esas indicaciones son las siguientes: 
  • “No te preocupes”. Es un llamado a ser consciente de la ansiedad que nos domina, poniéndole freno. Muchas veces, llevados por la vorágine de la vida cotidiana, somos movidos por el nerviosismo, corriendo agitados de un lado para otro sin ser plenamente conscientes de la inquietud que nos tiraniza. La exhortación del evangelio es  un “stop” o un “alto”, un llamado de atención para detenernos y no permitir que las preocupaciones nos avasallen y victimicen.

  • Cambia el sentido de tu mirada. Observa “las aves del cielo” y “los lirios del campo”, pregona el Maestro, esto significa, deja de mirar hacia adentro y en dirección a los problemas, observa las cosas hermosas que Dios ha creado para nuestro beneficio. Cuando las preocupaciones agobian el pensamiento solo ve problemas y dificultades, perdiéndose de vista tantas cosas bellas que nos rodean, por tal motivo es imperioso modificar el foco de la atención para centrarla en lo bueno en lugar de las contrariedades y desgracias.
  • Tened fe. Es el desafío de aprender a depositar los problemas en Dios luego de haber hecho todo por solucionarlo. Consiste en confiar que la Providencia divina administrará alguna solución o facilitará las cosas para salir adelante. Hay situaciones que escapan a nuestro arbitrio (como el ejemplo que menciona el evangelio acerca del crecimiento físico) no ganamos nada en obsesionarnos o desesperarnos; el mejor camino es ejercer fe.

  • Define las prioridades. Ordena tu tabla de valores. Lo más importante va en primer lugar. Así lo expresa el texto bíblico: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia y las demás cosas vendrán por añadidura”. Quizás le estamos dando demasiada importancia a cuestiones que son secundarias o que no merecen tanto interés o preocupación. A veces las cuestiones materiales ocupan el primer lugar de nuestra vida cuando el dinero es un medio, no un fin en sí mismo.
Vive cada día a la vez. “Basta a cada día su propio afán”. No sobrecarguemos el presente con las preocupaciones del mañana. Enfrentemos los problemas de hoy y aquellos otros que no requieren una atención inmediata, dejémoslo para su debido momento. Puede ser útil planificar las actividades según el grado de urgencia, a veces hay cuestiones que pueden esperar hasta mañana y otras que pueden tratarse la semana o el mes próximo.

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